Hector A. Gil Müller
La edad trae
consigo sus mieles y también sus hieles. Como afirmó Cicerón el sabio abogado
romano; “los hombres son como los vinos, la edad agria los malos y mejora los
buenos”. En México la edad promedio ha tenido un incremento significativo en
los últimos 50 años. Durante la década de los setentas la edad promedio en el
país era menor a los 20 años. En el año dos mil la edad media a nivel nacional
era de 22 años, 26 años en el 2010, ya en el 2020 alcanzamos los 29 años y
actualmente estamos en 30 años. Aun así somos de los jóvenes, en el mundo la
edad promedio está llegando a los 32 años. Las causas de este envejecimiento
son evidentes, una menor natalidad que expresa menos infantes y un aumento en
la esperanza de vida para nuestro país, actualmente en 75.5 años. El fenómeno
es interesante porque las características fundacionales de muchas instituciones
conservan la visión de los setentas.
Con la edad pasamos
de preguntarnos quién es quién, a preguntarnos quién es él, la reflexión
inicial consiste en entender que la edad tiene otros méritos y beenficios que
la juventud que la pensamos eterna. Ya no trabajamos por el proyecto ahora lo
es el propósito, se atiende el detalle y sobre todo empieza un anhelo por
transmitir, que es la antesala del trascender.
Este desarrollo
demográfico nos debe orientar a nuevas políticas públicas y una cultura que
acepte y reconozca los desafíos propios de la edad. Mucho de nuestro ejercicio
y visión pública está fundamentada en una juventud que no acabará.
Identificamos las escuelas para la infancia pero no los recursos para la vejez.
Lugares públicos y de esparcimiento están pensados para niños y jóvenes, lo que
en su momento fue más que justificado ante la gran cantidad de niños, pero
ahora no hay espacios propios para la vejez. No hay sistemas educativos
andragógicos, que sirven al adulto, no hay políticas, salvo las pensiones en su
mayoría, que impacten a un grupo social de edad. Por cierto, la misma presión
fiscal que se hizo en las jubilaciones y que terminó por cambiar a todo un
sistema de ahorro hoy se reinicia con pensiones a grupos de cierta edad.
La edad promedio de
30 años, aun es una edad altamente laboral, en medio de la toma de decisiones
que han de cultivar el futuro, pero ya estamos más lejos de los veintes que de
los cuarentas que para muchos es la medianía de la vida. Existen algunas
jurisprudencias de la Corte Suprema que ya empiezan a clasificar el concepto de
edad avanzada, en edad muy avanzada a fin de otorgar cierta protección
necesaria a razón de la merma en las competencias.
Desde las políticas
públicas se debe construir algo mayor que la esperanza de adquirir una pensión,
es enfrentar la realidad de la merma de fuerzas y también que el trabajo físico
sea suplido por la experiencia. No es un tema de formación solamente, es un
tema transversal que incluye toda la función estatal. Hagamos para nuestra Nación
el escrito bendito que describe como a nuestras lozanias va a seguir el
invierno, pero nunca se nos dijo que mayo fuese eterno.
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